LA MISIÓN ES NUESTRA, LOS RESULTADOS DE DIOS

Quizás has dedicado meses o años a dar estudios bíblicos sin ver un solo bautismo. Quizás has visitado hogares, distribuido literatura, predicado sermones, dirigido grupos pequeños y realizado actividades misioneras sin ver los resultados que imaginabas. Quizás has organizado campañas evangelísticas y pocas personas respondieron al llamado.

Si alguna vez te has sentido así, este mensaje es para ti.

La Biblia jamás enseña que los seres humanos somos responsables de producir conversiones. Nuestra responsabilidad es sembrar, enseñar, amar, servir, predicar, discipular y testificar. La obra de convencer, transformar y convertir corazones pertenece exclusivamente al Espíritu Santo.

Nosotros hacemos planes. Dios sigue siendo soberano.

Vivimos en una generación obsesionada con los resultados. Todo se mide, se compara y se evalúa. En ocasiones, esa misma mentalidad ha penetrado en la iglesia, y tal vez eso es lo que te hace sentir así. Quizás piensas que, si le das estudios bíblicos a una persona y no se bautiza, has fracasado. Quizás crees que, si invitaste a alguien a la iglesia y no asistió, perdiste el tiempo. Tal vez desarrollaste un plan estratégico para tu departamento y, al no ver crecimiento o resultados inmediatos, llegaste a la conclusión de que el plan no funcionó.

Sin embargo, la Biblia enseña que la misión pertenece a la iglesia, pero la conversión y los resultados pertenecen al Espíritu Santo.

Uno de los peligros más sutiles de nuestro tiempo consiste en confundir la misión con los resultados de la misión.

Jesús nunca ordenó producir conversiones; ordenó predicar el evangelio.

Jesús declaró:

“El viento sopla de donde quiere” (Juan 3:8).

Pablo escribió:

“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Corintios 3:6).

Nuestra labor es sembrar y regar; el crecimiento pertenece a Dios.

En la última noche de una de las campañas evangelísticas que regularmente se realizan en las iglesias de nuestro distrito, solamente tres personas estaban programadas para bautizarse.

Pero mientras conducía hacia la iglesia, uno de los ancianos me llamó para informarme que dos jóvenes acababan de llegar y deseaban bautizarse. Conversé con ellos, escuché su experiencia y, después de confirmar su decisión, fueron añadidos a la lista de candidatos.

Esa misma noche, al concluir los bautismos, me cambié de ropa y me preparé para presentar la oración final. El programa estaba prácticamente terminado.

Sin embargo, un joven levantó la mano y manifestó públicamente que también deseaba bautizarse.

Como pastor, tuve que regresar al vestidor, volver a ponerme la bata bautismal que todavía estaba mojada y entrar nuevamente al bautisterio.

Aquella noche comprendí una vez más que nosotros organizamos programas, pero el Espíritu Santo transforma vidas.

Habíamos preparado tres bautismos.

Dios tenía otras tres almas para esa noche.

Ese momento me recordó que no podemos controlar la obra del Espíritu Santo ni imponerle nuestras expectativas. Nosotros hacemos nuestra parte; Dios hace la suya.

Es por eso que en nuestras iglesias los departamentos y ministerios desarrollaron sus planes misioneros. Sin embargo, nunca se estableció una meta específica de bautismos

Los ministerios de Jóvenes, Niños, Escuela Sabática, Ministerio Familiar, Ministerio Personal y los demás departamentos trabajan unidos en la misión de compartir a Cristo por medio de programas, actividades y diferentes oportunidades de servicio.

No existe un plan específico para producir bautismos. Existe un plan para predicar el evangelio. Y cada alma que se bautiza no es el resultado de un departamento en especifico o del predicador sino del Espiritu Santo.

En otra iglesia del distrito, al finalizar una de las campañas evangelísticas de ese año, cuatro personas solicitaron su bautismo. Ninguna fue presionada ni coaccionada para tomar esa decisión. Escucharon la Palabra de Dios, estudiaron las Escrituras y respondieron libremente al llamado del Espíritu Santo.

Los bautismos son importantes porque representan personas por las cuales Cristo murió. Sin embargo, cuando los bautismos se convierten en la principal medida del éxito espiritual, corremos el riesgo de transformar algo bueno en un ídolo religioso.

En nuestra iglesia no se le impone al Espíritu Santo lo que debe hacer ni cuántas personas debe bautizar cada año. Sin embargo, los bautismos sí se cuentan y se registran, porque cada alma que entrega su vida a Cristo es motivo de celebración y gratitud por lo que Dios está haciendo y nos motiva a seguir trabajando para Dios.

Hechos 2:47 declara:

“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.

El Señor añadía.

No los discípulos.

No los líderes.

No los pastores.

El Señor.

Por eso, la presencia o ausencia de bautismos en un período determinado no define si el trabajo misionero realizado en una iglesia fue mejor o peor que en otra. Tampoco determina si un predicador fue bueno o malo, o si un pastor trabajó más que otro.

Dios obra de manera diferente en cada lugar, en cada comunidad y en cada circunstancia.

Hay lugares donde se cosecha.

Hay lugares donde se siembra.

Y ambos trabajos son igualmente importantes en el reino de Dios.

Noé predicó durante décadas antes de ver resultados visibles.

Jeremías pasó gran parte de su ministerio sin una respuesta positiva masiva.

Isaías fue llamado a predicar aun cuando muchos no escucharían.

Ninguno de ellos fue considerado un fracaso por Dios.

La fidelidad siempre fue el criterio divino de evaluación.

Quizás llevas años predicando y no ves los resultados que esperabas.

No te desanimes.

Puede ser que estés sembrando una semilla que otro cosechará más adelante.

Puede ser que estés preparando un terreno que todavía no está listo.

Puede ser que Dios esté obrando en silencio.

Cada oración cuenta.

Cada visita cuenta.

Cada sermón cuenta.

Cada estudio bíblico cuenta.

Cada acto de amor cuenta.

Cada invitación cuenta.

En el reino de Dios no existe trabajo inútil.

Debemos predicar con más pasión que nunca.

Debemos evangelizar con más entrega que nunca.

Debemos discipular con más amor que nunca.

Pero también debemos recordar que la conversión sigue siendo una obra exclusiva del Espíritu Santo.

Si has estado cumpliendo con tu parte y realizando fielmente el trabajo misionero que Dios te encomendó, pero hoy no ves el avance o los resultados que observas en otros lugares, no te desanimes.

Sigue trabajando.

Sigue sembrando.

Sigue orando.

Sigue amando.

Porque a su debido tiempo Dios hará su obra, no la nuestra.

Cumplamos nuestra parte con excelencia.

Porque la misión es nuestra, pero los resultados siempre serán de Dios.

Iglesia Adventista del 7mo. Dia Birmingham
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